La evaluación


La evaluación es una parte esencial del proceso de enseñanza-aprendizaje, ya que nos permite visibilizar la evolución y el rendimiento de nuestro alumnado, así como los resultados tanto del aprendizaje como de la enseñanza. Por ello, no es de extrañar que haya una gran preocupación en torno a las estrategias y metodologías de evaluación y su efectividad. La evaluación debe ser lo más precisa y transparente posible, puesto que no solo nos aportará información valiosa sobre el estudiantado, sino que también nos dará pistas sobre cuál será el feedback adecuado. El fin último de la evaluación es que el estudiantado saque lo mejor de sí y alcance unos objetivos cada vez más altos. En la entrada de hoy, comentaremos cuáles son los tipos de evaluación del proceso educativo, sus características y ventajas y/o desventajas, y llegaremos a una serie de conclusiones.

En primer lugar, debemos distinguir entre evaluación formativa y sumativa. Por un lado, la evaluación formativa consiste en proporcionar al alumnado una retroalimentación continua para que este sea conocedor de sus fortalezas y debilidades, y pueda mejorar. De esta forma, podemos recoger información sobre todo el proceso de enseñanza-aprendizaje y no solo de los logros o «fracasos» del estudiantado. Por otro lado, la evaluación sumativa recoge los resultados obtenidos al final de un periodo de tiempo determinado (como una unidad, un trimestre o un curso). Como consecuencia, este tipo de evaluación da prioridad a alcanzar una meta de aprendizaje y deja en un segundo plano todo el camino realizado para llegar a dicho objetivo.

Como podemos observar, las evaluaciones sumativas pueden ser útiles si se necesita algún título o cualquier elemento que certifique un nivel específico en un área de conocimiento. Sin embargo, si nuestra función como profesores/as es observar el proceso de enseñanza-aprendizaje y utilizar la metodologías y herramientas necesarias para que este evolucione, la evaluación sumativa no servirá de gran ayuda. Con esta evaluación analizamos las habilidades, competencias y conocimientos del alumnado mediante una o varias pruebas que no tienen por qué representar su aprendizaje. Si nos basamos solo en un producto final o en una examinación realizada en un periodo corto de tiempo, podemos caer en el error de no tener en cuenta un contexto desfavorecedor (que puede dar lugar a nerviosismo, falta de concentración, etc.) o de preparar al alumnado para un examen y no para el mundo real. Robert J. Sternberg, psicólogo y profesor en la Universidad de Yale, habla precisamente de este tema en el vídeo expuesto a continuación:


Tal y como él indica, equiparar nuestros conocimientos y competencias al resultado de un test puede hacer que nos estanquemos en una cualificación y que esta última determine la percepción que tenemos de nosotros/as mismos/as. Hay personas que se pasan toda la vida creyendo que son estudiantes mediocres, cuando la realidad es que el tipo de evaluación al que fueron expuestas no era el adecuado.

La integración de la evaluación formativa en el proceso de enseñanza-aprendizaje podría ser una forma de reducir todas las características negativas mencionadas anteriormente. Esta evaluación se caracteriza por ser progresiva, por lo que tanto el propio alumnado como el profesorado tendrán la posibilidad de percibir el avance en el aprendizaje, bajo la guía de unos objetivos muy concretos. Este último aspecto cobra una gran relevancia, ya que, si los/las discentes conocen sus metas, haremos que estos/as sean responsables de su aprendizaje. Además, los/las docentes podrán conocer las necesidades del estudiantado y adaptar sus materiales, recursos, metodologías y feedback a estas. La retroalimentación constituye la guía esencial para el aumento del rendimiento y, en consecuencia, debemos transmitirla de forma cuidadosa, fiable y transparente. El objetivo principal de la evaluación formativa es que reflexionemos, aclaremos nuestras dudas y sepamos cómo actuar a partir de los comentarios del equipo docente.


Resultado de imagen de evaluación formativa


Por último, cabe destacar que el profesorado no es necesariamente el único que interviene en la evaluación formativa. Cobra relevancia el concepto de coevaluación o evaluación de pares, ya que, gracias a este ejercicio de evaluación de los/las compañeros/as de clase, el alumnado desarrolla sus capacidades de describir, analizar, argumentar y revisar. Estos elementos contribuyen a que el estudiantado sea capaz de identificar sus puntos fuertes y débiles y, por ende, sepa cómo funciona su propio aprendizaje. La coevaluación permite que los/las discentes aprendan de sus pares y aumenten, de esta forma, su espíritu crítico. No obstante, antes de incluir este método en el aula, es necesario crear un ambiente adecuado para que su aplicación sea óptima. Por ello, debemos hacer que el alumnado comprenda la importancia y el funcionamiento de la evaluación, mediante la aportación de un modelo y unas pautas muy claras. Además, tenemos que crear un ambiente cómodo, en el que el estudiantado se sienta seguro y no perciba riesgos en relación a la evaluación de sus compañeros/as. En general, esta actividad puede ser muy positiva siempre que la planteemos como una forma de crítica constructiva y tratemos tanto los aspectos positivos como los mejorables del trabajo del alumnado.

En conclusión, la evaluación, específicamente la formativa, es un elemento clave en el proceso de enseñanza-aprendizaje, puesto que nos proporciona información sobre el rendimiento y dificultades del alumnado y la eficiencia de la metodología y los recursos didácticos empleados. La evaluación contribuye asimismo al establecimiento de unos objetivos claros, conocidos tanto por el profesorado como por el estudiantado. Este aspecto permite que los/las dicentes tomen las riendas de su propio aprendizaje y sepan qué deben hacer para mejorar. En definitiva, el alumnado desarrollará sus capacidades analíticas, su autonomía y su espíritu crítico.




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